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25 febrero 2021 Héctor Puerta

Conclusiones en torno a una oscura historia de marca personal

Es importante que tu marca personal sea original, auténtica y coherente. Aprende a proyectarla de manera recurrente para destacar en un entorno altamente competitivo

Cuentan los libros de historia que en el año 1888 las calles del barrio londinense de Whitechapel, al este de la ciudad, eran un hervidero de adicción al alcohol, miseria y alcahuetería. En aquella sociedad urbana de finales del siglo XIX, un personaje destacó por encima del resto. Jamás llegó a conocerse su verdadera identidad, pero la figura de aquel hombre, o de aquella mujer, creció hasta convertirse en un mito del que aún a día de hoy se oye hablar.

Aquel individuo tan misterioso como siniestro fue el autor de varios crímenes atroces. Mató, mutiló y extirpó los órganos de al menos cinco prostitutas, aunque se cree que pudo haber acabado con la vida de varias más. Su nombre es bien conocido, pero por si todavía no saben a quién me refiero, les diré que se trata de Jack the Ripper o, como lo conocemos la mayoría de hispanohablantes, Jack el Destripador.

Por algún motivo que desconozco, a muchos nos fascinan las historias sobre crímenes, así que en este artículo intentaré construir la idea de marca personal en torno al mítico personaje de Jack el Destripador. Pero, ¿qué tiene que ver Jack el Destripador con la marca personal? La respuesta, mí respuesta, se encuentra en tres conceptos complementarios e indisociables: originalidad, recurrencia y proyección.

La imagen que se generan los demás sobre nosotros está directamente asociada a nuestras acciones y a lo que comunicamos con ellas

Originalidad 

Si durante aquella época hubiera aparecido en Manchester un cuerpo descuartizado, seguramente la prensa sensacionalista hubiera publicado que Jack el Destripador se había mudado de ciudad. De hecho, durante los años 70 del siglo pasado, en el mismo Reino Unido, concretamente en el condado de Yorkshire, un hombre acabó con la vida de trece mujeres bajo el mismo procedimiento, llegando a ganarse el sobrenombre de ‘El Destripador de Yorkshire’. Pero estoy convencido de que ese deleznable individuo, pese a ser más contemporáneo, ya no les suena tanto. Y es normal, pues no fue más que un mero imitador del original.

El ejemplo de Jack el Destripador ilustra perfectamente cómo la imagen que se generan los demás sobre nosotros está directamente asociada a nuestras acciones y a lo que comunicamos con ellas. Porque no debemos olvidar que, aunque no queramos, todo lo que hacemos es un acto de comunicación. Además, también demuestra que encontrar un rasgo que nos defina es básico si queremos destacar por encima del resto. En este caso, el rasgo diferencial de Jack el Destripador al que asociamos su imagen estaría basado en un comportamiento completamente atroz. Nadie, o casi nadie, en nuestra época o en ninguna otra, va descuartizando cadáveres por ahí. Por eso, Jack se hizo famoso. Y, lo que es más importante, no solamente se hizo más famoso que el resto de ciudadanos y ciudadanas de bien, sino que también se hizo más famoso que el resto de asesinos en serie. Por lo tanto, para destacar por encima del resto hay que ser original, auténtico.

Existen algunos atributos que nos son dados a los seres humanos por naturaleza. Me atrevería a decir que todos, o casi todos, tenemos algún tipo de talento natural, aunque algunos de nosotros probablemente no lo hayamos descubierto todavía. Es algo que se suele decir y con lo que estoy bastante de acuerdo. Siempre hay algo que se nos da bien. Basta con encontrarlo y potenciarlo.

Si bien es cierto que casi todo en esta vida se puede trabajar y mejorar, también lo es que, cuando hablamos de originalidad, el margen de mejora es muy reducido. En mi opinión, la originalidad no se puede crear; más bien hay que buscarla y, por supuesto, encontrarla. Todos somos originales en algún aspecto, simplemente hay que buscar y encontrar lo que nos hace diferentes a los demás para destacar en nuestro entorno. Basta con hacer un ejercicio de autoconocimiento e identificar aquellos rasgos de nuestra personalidad que puedan tener potencial.

Citando la frase que alguien en alguna ocasión atribuyó a Jack el Destripador, ‘lo importante está en el interior’.

Recurrencia

Jack se hizo famoso por su originalidad, pero no por mostrarla una sola vez, sino porque la proyectó en repetidas ocasiones, creando así un patrón y definiendo un estilo propio. Es lo que se llama dejar huella.

Hace falta originalidad y recurrencia para permanecer en la memoria de los demás

En cualquier conversación banal, cuando le hablamos a nuestro interlocutor o interlocutora sobre un conocido en común que no es capaz de identificar, solemos insistir aportando más información. Decimos algo así como: “Sí, hombre. Juan, el runner”. Por el contrario, no solemos decir: “Sí, hombre. Juan, el que salió un día a hacer running”. La razón es muy simple. Y es que es más probable que nuestro interlocutor o interlocutora se haya construido una imagen en torno a Juan basada en un comportamiento recurrente de éste que en una acción que realizó de manera puntual.

¿Se imaginan ustedes a Jack el Destripador haciendo un monólogo para Paramount Comedy? Nuestra mente nos dice que Jack es una persona despiadada. Su imagen está tan asociada a la muerte que es prácticamente imposible vincularla al humor. Y, eso es, entre otras razones, porque mató y descuartizó como mínimo a cinco mujeres y porque siempre que pensamos, leemos o hablamos sobre Jack el Destripador lo hacemos con el terror como telón de fondo. Una y otra vez.

Jack perpetró sus crímenes en reiteradas ocasiones y, a partir de ahí, su imagen se fue repitiendo una y otra vez hasta alcanzar una magnitud desproporcionada y convertirse en leyenda. Negra, pero leyenda. Recurrencia.

Si solo se es original un día o una vez es muy difícil que los demás sean capaces de recordar la imagen que se proyecta. El recuerdo será vago, lejano. Por tanto, hace falta originalidad y recurrencia para permanecer en la memoria de los demás.

Al contrario de lo que sucede con la información, la proyección de una marca, ya sea personal, corporativa o de cualquier otro tipo, necesita de una regularidad consistente. Uno de los criterios que los periodistas tienen en cuenta a la hora de decidir si un hecho es noticiable o no es que sea un hecho novedoso. La primera vez que mueren cerca de 1.000 personas en España en un solo día a causa de una pandemia, la noticia aparece publicada en la portada de todos los medios de comunicación. Casi un año más tarde, la noticia sigue siendo igual de dramática, pero su ubicación en los periódicos es bastante más modesta.

Con la marca personal, y con cualquier otra marca, sucede justamente lo contrario. El hecho de que proyectemos nuestra marca una vez no es suficiente para que los demás se formen la imagen que queremos sobre nosotros. Por eso, hay que ser recurrente.

Proyección

Sin duda, el macabro pasatiempo de Jack el Destripador le hizo mundialmente conocido, generando un sinfín de literatura y volcando ríos de tinta en cabeceras a ambos lados del Atlántico. Si bien no fue el primer asesino en serie de la historia, su impacto en la sociedad de masas no tuvo hasta la fecha precedentes. Además, en el caso del personaje londinense se da la paradoja de que la marca personal adquiere una dimensión infinitamente mayor a la de la persona, pues jamás llegó a conocerse su verdadera identidad, lo cual, además de justificar el ejemplo, no hace más que confirmar el enorme potencial del cuidado y la atención de nuestra imagen cuando se disponen de los medios necesarios para difundirla.

Tenemos hoy a nuestra disposición infinidad de canales distintos para proyectar nuestra marca personal

Jack el Destripador perpetró sus crímenes en un contexto histórico marcado por la revolución industrial y la consecuente explosión demográfica. El éxodo rural-urbano y la mejora de distintos índices demográficos dieron como resultado el nacimiento de la sociedad de masas. La comunicación adquirió entonces una nueva dimensión. Por primera vez en la historia, los medios de comunicación se dirigían a ingentes cantidades de población desarraigadas de la comunidad, por lo que su poder de influencia era muy elevado.

Si Jack hubiera nacido un siglo antes, seguramente no estaría escribiendo esta columna sobre él. Por tanto, los medios con que contamos para difundir nuestra marca personal juegan un papel determinante en su proyección.

A día de hoy, no cabe duda de que la digitalización y el nacimiento de las redes sociales ha supuesto una verdadera revolución a nivel comunicativo, además de a otros muchos niveles. Si la marca personal de Jack tuvo a su favor la difusión que le dieron los medios de comunicación, nosotros tenemos hoy a nuestra disposición infinidad de canales distintos para proyectar nuestra marca personal.

Podemos saber en qué plataforma se encuentran nuestros públicos y decidir cómo queremos proyectar nuestra marca personal sobre ellos. Las nuevas tecnologías nos ofrecen infinidad de recursos para acercarnos a nuestro objetivo de distintas maneras y, además, tenemos acceso a una cantidad de información nunca antes vista en la historia de la humanidad. Sin lugar a dudas, el contexto histórico juega a nuestro favor.

El entorno justifica el desarrollo de la marca personal

El mundo en el que vivimos, nos guste más o menos, es un mundo competitivo. El sistema, y probablemente también nuestra propia naturaleza, nos empuja a competir constantemente. De niños competimos con nuestros hermanos y/o hermanas por la atención de nuestros padres; en la adolescencia lo hacemos por el chico a la chica que nos gusta; después nos esforzamos por ser los mejores en la Universidad, en los negocios, en el ámbito laboral…

En casi todo lo que hagamos, siempre tendremos competencia. Crear una marca personal original, auténtica y coherente, y proyectarla de manera recurrente por los canales de comunicación adecuados es un modo de destacar en un entorno altamente competitivo.

Por suerte, para ser un referente no es necesario convertirse en un asesino en serie; basta con construir una marca personal original, ser constante y proyectarla a través de los medios de difusión adecuados. ¡Ah! Y lo más importante: dejarse asesorar por los expertos.

Héctor Puerta

Héctor Puerta

Ejecutivo de cuentas
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